Presupuestos y elecciones

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Mucho han dado que hablar en los últimos días los Presupuestos Generales del Estado (PGE) para 2016. No es para menos. Lo que en su momento ya se interpretó como una iniciativa de tintes electoralistas ante la inminencia de las generales, podría volverse en contra de sus promotores. Los presupuestos de la recuperación, como los denominó el Gobierno por contraposición a los recortes de la crisis, podrían quedarse en un brindis al sol de prosperar las exigencias de Bruselas. Pero, pase lo que pase, al Partido Popular ya le han “aguado la fiesta”. Que los garantes de la estabilidad financiera en la Eurozona –léase, en este caso, Pierre Moscovici- cuestionen la viabilidad de unos presupuestos bajo sospecha de incumplir con los requisitos del déficit, ha dado carta blanca a los grupos de la oposición para convertirlos en una de las grandes bazas electorales.

Si hacemos un análisis bienintencionado, confiando en la buena fe de los partidos que se disputan la Moncloa, concluiríamos que es lógica su preocupación: si los presupuestos no obtienen el visto bueno de Bruselas, habrán muerto antes incluso de ver la luz. El nuevo Gobierno se enfrentaría a la responsabilidad de realizar los ajustes necesarios que pasan, inevitablemente, por recortar gasto público o contrarrestarlo con una mayor recaudación vía impuestos.

Pero la experiencia, máxime en vísperas de urnas, no admite la interpretación bienintencionada. Si el PP intentó en su momento aprovechar políticamente los PGE (sometiendo, incluso, la fecha de convocatoria electoral a los tiempos del trámite parlamentario para la aprobación presupuestaria), sus adversarios políticos tampoco están desperdiciando la utilidad electoral del discurso económico. Y si hasta ahora uno de los mantras de los partidos del PSOE a la izquierda ha sido la resistencia frente a las tijeras de la Troika, ahora quien más quien menos apela a la responsabilidad con el déficit público y la estabilidad financiera.

Una cosa es cierta: por mucho que uno esté acostumbrado al fenómeno transformador del discurso electoralista (este año ya vamos por la tercera o cuarta cita con las urnas), su ductilidad  no deja de sorprenderme. Sin excepciones.

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