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A dos días de la cita con las urnas, las elecciones catalanas monopolizan por completo la actualidad política, mucho más allá de sus propias fronteras. Ayer mismo, en el otro extremo de la Península, en Cádiz, durante la inauguración del Puente de la Constitución de 1812, el presidente del Gobierno utilizaba el simbolismo de estas infraestructuras que “unen territorios, conectan personas, estimulan intercambios, abren al mundo y acercan a todos al tiempo que permiten plantear nuevos horizontes”, en una clara aunque velada alusión al proceso catalán.

También en vísperas de las elecciones, se reactivan las alarmas. La amenaza de un corralito, a la que hace unos días se refería el gobernador del Banco de España, estaría detrás de la decisión del Gobierno de fletar a Cataluña convoyes con dinero, “por temor a retiradas masivas el 28-S”, según publica hoy El Confidencial.

Preocupación, alarma y desconcierto son algunas de las reacciones que provoca lo que debería ser una “fiesta de la democracia”, como suelen apodarse los días electorales. Aunque solo los catalanes están llamados a las urnas, su decisión afectará al conjunto de España y de su propia constitución como país. Porque, independientemente de la inconstitucionalidad del proceso y de la cuestionable viabilidad de una proclamación unilateral de independencia, el hecho de que una mayoría ciudadana se pronunciase a favor de las listas soberanistas tendría sus implicaciones y no se pueden obviar.

Así pues, las que deberían ser unas elecciones para elegir al Gobierno autonómico y revalidar, o no, la confianza en el actual presidente de la Generalitat, en base al trabajo realizado hasta el momento y a su programa de gobierno para los próximos cuatro años, se han transformado, por arte del propio Mas y algunos más, en otra cosa en la que resulta difícil separar el ruido de la esencia, el oportunismo de la conveniencia. Porque lo que se decide el próximo domingo en Cataluña no es la independencia, sino el apoyo a un líder que ya lleva guiando el timón catalán desde el 2010 y que tuvo la habilidad de resurgir de sus supuestas cenizas en menos de un año, cuando el fallido referéndum del 9N parecía haberlo dejado fuera del tablero.

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