El culebrón del verano

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Reiteradamente he cuestionado en este blog el reduccionismo de la información de actualidad. Espoleado por la voracidad de las redes sociales, ese reduccionismo se traduce en un volumen descomunal de titulares, citas y opiniones que no van más allá de una imagen superficial e interesada de la realidad, dependiendo quién nos la cuente. Y no me refiero exclusivamente a los medios de comunicación generalistas, sino también a las intervenciones y declaraciones de los políticos y a la actitud de los propios consumidores de información, que nos solemos quedar en el primer plato y pocas veces llegamos a los postres.

Por eso, no me cabe ninguna duda de que la “realidad” que percibimos los ciudadanos sobre el problema catalán y las aspiraciones secesionistas de nuestros vecinos del nordeste tiene poco que ver si nos la cuentan en Ourense, en Madrid, en Tarifa o en L’Hospitalet de Llobregat, por poner cuatro ejemplos de otros tantos puntos cardinales. En cualquier caso, no se trata de una realidad que pueda resumirse en consideraciones tan simples como contrastar las balanzas fiscales para concluir que Cataluña aporta la mitad que Madrid a las arcas del Estado.

Dicho esto, es evidente que existe un problema y que seguirá recrudeciéndose si no se adoptan las medidas necesarias para ponerle freno. Cuando parecía que Artur Mas había quedado noqueado tras el referéndum fallido del año pasado, ha resurgido cual ave fénix en la política nacional. En pleno verano, a semanas de las elecciones catalanas y pocos meses para las generales, ha conseguido recuperar el protagonismo de la actualidad política, promulgando la comunión de intereses con sus otrora rivales en la esfera catalana y aupándose a hombros de reconocidas figuras como el indiscutible en su terreno Pep Guardiola. Y todo esto coincidiendo en el tiempo con la crisis griega y el fantasma de ruptura y resquebrajamiento que imbuye Europa.

En este contexto, y volviendo a la premisa inicial sobre los peligros del reduccionismo en la información, el planteamiento secesionista se percibe fuera de Cataluña como un intento de chantaje, una forma de presión para lograr concesiones extraordinarias que hacen zozobrar la cohesión territorial y el mismo concepto del Estado, solidario y redistributivo. Y el papel del Gobierno ha de ser el de reconducir la situación sin tirar lastre por la borda.

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