La fiesta del orgullo griego

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Cuando Angela Merkel dijo que no habría más conversaciones con el gobierno griego hasta después del referéndum, contaba con un triunfo del sí, aunque no fuera tan contundente como ha sido el no. Pero los planteamientos de Angela Merkel, como los del resto de líderes e instituciones económicas, monetarias y políticas de la Unión Europea (más el FMI) menospreciaron un elemento fundamental: que la población griega, en su mayoría, se tomó la votación de ayer como una cuestión de dignidad. Solo así se explica que ganara el no aun a pesar del corralito, de las colas en los bancos, del pánico a la devaluación de los ahorros y de las dificultades que todo esto ha supuesto en los últimos días, sobre todo, para pensionistas y comerciantes.

Varios factores influyeron en darle este matiz que ha transformado una consulta popular en la fiesta nacional del orgullo griego. En primer lugar, la torpeza con la que ha actuado la Troika al intentar imponer su visión como una cuestión de justicia para con el resto de socios de la Unión Europea, abordando desde la óptica de la solidaridad una cuestión de política macroeconómica.

En segundo lugar, y continuando por la misma línea, el carácter ejemplarizante con que –por miedo al contagio- se ha abordado un conflicto que, desde el punto de vista de su relevancia económica, representa más bien poco (el PIB griego tiene un peso aproximado del 2% en el conjunto de la Unión Europea).

En tercer lugar, el subestimado “factor humano”: frente a los grises tecnócratas de las instituciones antes conocidas como Troika, se presenta un gobierno sin corbata ni corsé, instruido en la dramaturgia clásica, en la Grecia de filósofos y oradores, con un discurso que apela directamente a los problemas de la gente, erigiéndose en líderes al estilo espartano, lo que les ha facilitado la movilización de masas llegado el momento.

En cuarto lugar, y no necesariamente por este orden, el hecho de que el referéndum se haya celebrado en Grecia y solo hayan participado los ciudadanos griegos, a pesar de tratarse de una cuestión que afecta a toda la Unión Europea.

En quinto lugar, los instrumentos que Syriza tuvo a su disposición para hacer campaña por el no, tanto por su capacidad de maniobra desde el Gobierno como a través de los medios de comunicación locales.

Y, finalmente, la oleada de simpatía que ha despertado el referéndum griego al promocionarse como “símbolo de la democracia”, con el aval de haber sido, precisamente, el país que la instauró como figura política hace ya 2.500 años.

Pero, claro, es muy sencillo hacer análisis el día después, cuando ya sabemos el resultado. Lo difícil es prever qué ocurrirá a partir de ahora.

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