Grecia pisa el freno

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La agilidad con la que el nuevo Gobierno griego tomó las riendas del país tras las elecciones, se ha detenido de golpe. A las maratonianas jornadas de las primeras semanas, con Alexis Tsipras y Yanis Varufakis de gira por el continente, ha seguido un parón inaudito que está inquietando a los ministros europeos de Economía, tal y como hicieron ver ayer en la reunión del Eurogrupo. “Hemos perdido el tiempo estas dos últimas semanas. Las conversaciones de verdad no han empezado todavía”, aseguraba el presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem.

La fecha de referencia para el cómputo de esas dos semanas es el pasado 20 de febrero, cuando se acordó la prórroga del rescate durante cuatro meses a cambio del compromiso del Gobierno griego con las reformas exigidas por las “instituciones”, la nueva denominación helena para la archiconocida como “troika” (FMI, BCE y Comisión Europea).

La impaciencia de los ministros de Economía y Finanzas de la zona euro se traduce en desconfianza. Dudan de que Varufakis cumpla el plazo exigido (antes de finales de abril) para convencerlos con una batería de medidas que ratifique el compromiso del Gobierno griego con sus acreedores. Pero hasta ahora solo han obtenido propuestas vagas, insuficientes e in extremis, anulando cualquier posibilidad de análisis y negociación.

La próxima cita es el viernes. El presidente griego, Alexis Tsipras, se reunirá con su homólogo de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en Bruselas. No hace muchos días que Juncker le lanzaba un capote, al admitir abiertamente que la troika ha “pecado contra la dignidad de los ciudadanos griegos” (también incluyó a portugueses e irlandeses), pero ya ha aclarado que eso no significa que Grecia pueda saltarse sus compromisos.

En este tiempo transcurrido desde su llegada al poder, el Gobierno heleno ha conseguido espantar algunos fantasmas del territorio nacional. Las reuniones con la troika se celebrarán fuera de Grecia y los “hombres de negro” solo visitarán el país para recabar información concreta, evitando así las incómodas manifestaciones, huelgas… y los gastos en seguridad. Pero les falta la batalla más difícil: cumplir las promesas con las que ganaron las elecciones y que contravienen los dictados europeos.

Y mientras tanto, la Bolsa, vacilante, a la espera de resultados concretos.

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