Consumo colaborativo

La crisis económica y financiera, en combinación con las posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías de la comunicación, ha provocado una auténtica revolución en los clásicos conceptos empresariales. La paradoja es que, en algunos casos, esa “evolución” supone una “involución”, aunque no en un sentido peyorativo, sino como un “retorno” a fórmulas que considerábamos ya obsoletas.

El ejemplo del que deriva toda esta reflexión es el denominado “consumo colaborativo”, definido en la revista Time como una de las diez ideas que van a cambiar el mundo. El término no es nuevo. Se acuñó en 2007 en un artículo publicado en el boletín Leisure Report (según indica la Wikipedia, el ejemplo por excelencia de la actividad colaborativa), pero nos retrotrae al concepto del trueque, como sistema de intercambio de bienes y servicios previo a la aparición de la moneda. Independientemente de los antecedentes históricos de este modelo de mercado, el caso es que el “consumo colaborativo” ha ganado actualidad en los últimos tiempos en nuestro país a raíz de polémicas como la de los taxistas contra la plataforma Uber o la multa de la Generalitat a Airbnb por ofertar a los turistas viviendas que no están inscritas en el Registro de Turismo de Cataluña.Airbnb app

Ejemplos de consumo colaborativo hay muchos. Proliferan en sectores como el transporte o el turismo, pero abarcan desde los mercados de segunda mano para todo tipo de productos usados, hasta la financiación colaborativa o crowdfunding. Las empresas que prestan este tipo de servicios, es decir, el soporte para que los consumidores compartan esos bienes o servicios, se nutren de la publicidad o, incluso, del cobro directo a los usuarios. Son nuevos modelos de negocio que suponen también un cambio de mentalidad: la reutilización, la prevalencia del usufructo sobre la propiedad… pero que están generando fuertes críticas basadas en la competencia desleal, la evasión de obligaciones fiscales o la inseguridad jurídica para los usuarios y consumidores.

En todo este maremágnum, comprensible por el desconcierto que siempre provoca la irrupción de lo nuevo (y más cuando esa irrupción se produce a un ritmo vertiginoso), la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia se ha pronunciado con un “mantenerse al margen”. Al menos de forma provisional, el organismo encargado de velar por la transparencia y una competencia efectiva en los mercados, considera que “una regulación innecesaria o desproporcionada perjudicaría a los consumidores y al interés general, además de suponer un obstáculo a la competencia efectiva” y valora como ventajas de este sistema la reducción de costes de transacción, los efectos medioambientales e incluso una mayor facilidad para la fiscalización de la actividad económica, al quedar todo registrado informáticamente. Concluye la CNMC que, a lo mejor, lo que sí procede es una “reducción de los requisitos para los operadores tradicionales”.

Sede de la CNMC en Madrid. Fuente: CNMC

Sede de la CNMC en Madrid. Fuente: CNMC

Las cifras hablan por sí solas: según la revista Forbes, el consumo colaborativo crecerá un 25% este año. Y es que, en sus orígenes, pocos creían que la Wikipedia podría llegar a competir con la Enciclopedia Británica.

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